2012


viernes, 29 de enero de 2016

The Roling Stones, diez años después


Diez años pasaron desde que era un adolecente, mentí en casa y me escapé del ingreso a la facultad para ir a ver a los Rolling Stones en la cancha de River. Corría el año 2006, Cromañón era muy reciente en el luto rockero y no existía el curro de las pre venta con tarjetas de crédito, (que se venden las entradas entre sí para agotarlas en diez minutos y después revenderlas por Internet y agencias de viajes a precios irrisorios). Celulares y gente filmando en pésimos formatos eran algo desconocido y estrambótico en el ambiente de un recital, a nadie en sus cabales se le ocurría perderse un segundo de emoción artística por filmar algo que después nunca se reproduciría.
Volvamos a la música. El cielo se caía en Nuñez y la policía pidió concurrir al estadio con al menos seis horas de anticipación por temores a corridas y destrozos por parte la patria stone que había quedado afuera del banquete. Ya empapados y mientras tocaba la banda de rock chabón “La 25”, los “discapacitados” dejaban sus sillas de ruedas a un costado y salían corriendo a buscar una mejor ubicación en el enorme campo de juego del estadio. No era realismo mágico, sino avivada criolla: truchar un certificado de discapacidad para ver el show de tu vida gratis. La argentinidad al palo. Siguieron tocando Las Pelotas y Los Piojos, bandas que en ese entonces convocaban y llenaban estadios por si solas, pero esa tarde de Febrero la emoción de todos los presentes hacía pasar desapercibidos esos repertorios, nadie podía más de la ansiedad.

Y luego de siete horas bajo el agua, aparecieron los Rollings Stones. Sus Majestades. Nuestra religión. Nuestros modelos de conducta. Un estilo de vida que siempre vamos a defender. Culpables y convictos de nuestros dramas, alegrías y hundimientos químicos. Unos británicos que quizá sean más importantes que Belgrano, San Martín, Sarmiento y todos esos muchachos que conocemos sólo por los billetes o nombres de escuelas.
No hubo forma de no paralizarse ante tamaña avalancha escénica. Sin artilugios, sin pantallas, sin efectos. Ellos arriba del escenario para verlos tocar de verdad, apenas una tarima levemente elevada para visualizar el talento incontenible de Charlie Watts. Arrancaron con Jumpin´Jack Flash y verlo a Keith fue conmovedor: veterano rufián, canoso, barrigón y con los dedos petrificados, nuestro héroe está donde tiene que estar, dando cátedra de rock and roll y tocando puntualmente cada uno de sus inmortales punteos. Ronnie es el acompañante perfecto, no hizo coros pero mantiene un nivel superlativo con las seis cuerdas, derrochando alegría y buen gusto.
Mick Jagger. Qué decir que no se haya escrito. Dueño absoluto de las miradas: satánico desfachatado y sarcástico, capaz de arrancar lágrimas cuando interpretó Out of Controls, de enmudecer a setenta mil tipos cuando hace un solo de armónica y con tiempo de hasta interpretar Angie, para calmar saciedades de los que esperan clásicos.
No hace falta hondar en la crónica de un recital para entender de qué estamos hablando. Basta con decir que los Rolling Stones llevan de gira la misma cantidad que mis padres llevan vivos. Glorias vivientes, sobrevivieron a todos los modernismos y postmodernismos musicales y ahí están, vivitos y rockeando.

En 2006 dijeron que sería la última vez que vendrían a Argentina, en apenas días los vamos a tener nuevamente en La Plata, no hace falta ni siquiera desearles buen sonido, basta con que sean ellos quienes aparezcan en el escenario para que la conjugación gloria musical se haga presente… así como Salvador Dali se rió del juicio surrealista iniciado por André Breton con la célebre frase “No pueden echarme del surrealismo porque el surrealismo soy yo”, pase lo que pase, nadie podría enjuiciar la próxima e inminente presentación de los Rolling Stones en el Estadio Único de la Ciudad de La Plata.

martes, 8 de diciembre de 2015

Lapidario

No hace falta psicoanalizarnos
ni desangrarnos en terapia de pareja,
es bien sencilla la cuestión
basta con revisar mis archivos:
nunca te escribí una canción.

domingo, 27 de septiembre de 2015

Ni me acuerdo del recuerdo

Más allá de la poesía
más allá de las metáforas
más allá del psicoanálisis
más allá de los antidepresivos
más allá de la evolución de las especies
más allá de las drogas.

Nunca volví a ver algo
tan hermoso y profundo
que condense tanta belleza,
como vos bailando
con los ojos cerrados,
las dos manos sujetándote el pelo
y moviendote,
levemente,
de lado a lado.

miércoles, 29 de julio de 2015

Malos tiempos para la Cultura


Cada vez que viajo a Córdoba, la segunda acción que ejecuto después de besar la frente de mis abuelos, es irme a “factoría cultural” en calle Rodríguez del Busto. Cálido rincón cordobés donde supo existir venta indiscriminada de discos, libros y películas. Nótese que la conjugación en pasado no es azarosa: al llegar a local me dí con vidrieras desprovistas de novedades y para adentro nada más que cartones, bolsas y la metáfora vacía de que por allí había pasado el progreso o la postmodernidad, da igual.
Otra disquería que cierra para probablemente ceder el local comercial a una Iglesia Universal o, en el peor de los casos, uno de esos cafés importados donde la gente únicamente mira su “laptop” y no habla: un Starbuck.

Una amiga me dice que me “aggiorne” y no la juegue de sofisticado. Pero no puedo dejar de pensar en los primeros discos que me regalaron, cuando quebré los ahorros para comprarme los míos propios, la noviecita con la que pasábamos horas en busca de la joya perdida y por supuesto, los discos que todavía hoy sigo con la ilusión de encontrar.

Que se entienda: no es sólo el material chato y redondo que reproduce partículas en movimiento cuya conjunción y vibración (fenómeno también conocido como música) nos hace emocionar. Es el culto que se generó entre quienes vimos crecer nuestra vida al compás de la discografía de la época, quienes convocamos amigos y ofrecimos rigor de tertulia a las novedades ocasionalmente adquiridas en el extranjero o provincias foráneas. Existió ese tiempo, fuimos hermosos y libres de verdad, sentándonos con atención y sensibilidad a la entrega de canciones cuya concatenación forman una obra artística que por lo general se plasmaba en un disco. Todavía me acuerdo cada reunión de entrega al disfrute musical.

Las nuevas tendencias aleatorias de la web atentan contra semejante concepto, ya no se escuchan obras, sino canciones sueltas, es cómo si alguien leyera frases de Borges pero no sus libros y se vanagloriara de saberes literarios. Y no sólo eso,  también condenan a la música a ser parte de la ambientación, como el mantel y las velas son un accesorio, algo que suena de fondo.

Nada nuevo en un mundo que vive equivocándose.